| Comentario del libro "EN
EL CAMINO DE LA SIMBOLIZACION" de la
Dra. Myrta Casas de Pereda
Dr. Javier García - Montevideo-
Uruguay
El comentar un libro parece ubicarse en
una zona de desprendimiento, de parto, entre
el libro y su autor y el pasaje del libro
a otro lugar. El acto de la escritura ya
empieza a marcar esa diferencia. Cuando
aparece el libro impreso el autor se hace
lector y aumenta ese descentramiento. Pero
en este acto, donde somos otros lectores
los que lo comentamos también a otros
lectores o futuros lectores, algo mayor
de ese desprendimiento y pasaje se sustancia.
Aunque nominado, firmado por la autora,
entra al interjuego de otras subjetividades.
Algo cae y el libro entra a andar.
Hacer su comentario es una primera versión-traición
en sociedad. En eso consiste la caída.
Nosotros vamos a tomar algunos hilos y daremos
algunas puntadas y en algún momento
la autora pensará: "No, no fue
eso lo que quise decir en realidad...".
Pero eso se silenciará, caerá
y permitirá que se armen otros pensamientos.
De la misma manera que textos de otros autores
como: Freud, Winnicott, Lacan, Baranger,
Pierce, Austin, Bajtin, Deleuze,...., son
cuidadosamente estudiados en este libro,
en versiones producto de un trabajo o de
haberlos hecho trabajar en otro con-texto,
el de la autora.
El psicoanálisis nos enseña
que tanto lo propio y lo ajeno como lo interno
y lo externo no solo no son simples, fácilmente
delimitables, sino que no están dados
desde el inicio, tienen cierta necesidad
el uno del otro y configuran una zona de
complejidad. Este libro tratará de
estas cuestiones. La autoría, cuando
del sujeto psíquico se trata, requiere
del otro, se arma desde el otro y requiere
también desprenderse del otro. Pero
inevitablemente uno reencuentra a cada paso
las marcas que han dejado todos esos otros
que nos permitieron realizar ese trabajo
de apropiación-separación.
Quiero decir: me siento, en tarea, representando
a varias generaciones de analistas y futuros
analistas que hemos recibido de Myrta una
comprometida y creativa transmisión
del psicoanálisis, como docente de
seminarios, supervisiones y otras instancias.
Lo que también habla de huellas y
diferencias.
Para quienes hemos seguido de cerca la producción
de Myrta, que es abundante, reconocemos
en este libro una larga trayectoria. No
obstante, el libro se nos presenta como
algo nuevo y no solo porque muchos de los
trabajos fueron reformulados para su publicación,
es su estructura interna, su armazón
conceptual que se redescubre en una nueva
lectura: el libro como producto actual.
Myrta Casas de Pereda nos ofrece textos
intensos. Encaran algunos de los problemas
más actuales, al tiempo que limítrofes,
en las teorías psicoanalíticas.
Me refiero aquí a un doble límite.
-Uno de ellos por tratarse de la estructuración
del psiquismo, su fundación singular
y única en el contexto de la pre-existencia
del deseo del otro y la cultura. Hablar
de orígenes sitúa inevitablemente
un límite y una postura.
-Otro límite lo pienso en el recurso
a otras disciplinas, como la lingüística
y la semiótica. Hacerlas trabajar
en nuestro campo teórico-clínico.
Se sitúa aquí una frontera
indispensable entre teorías, que
requiere de un trabajo desconstructivo y
reconstructivo.
Ambos límites son a la vez desafíos.
Los lectores no van a encontrar, entonces,
un "tour" fácil. Por el
contrario el libro nos propone un ambiente
de trabajo serio y continuado a través
de muchos años, que nosotros reconocemos
en la autora. Si las tendencias de la cultura
actual están hacia ciertos facilismos,
"flashes", ilusiones de saberes
globales, ustedes encontrarán que
estos textos cruzan, cortan este muro ilusorio.
Son una invitación a pensar.
Por razones obvias no voy a intentar resumir
el libro ni citar todos los conceptos ofrecidos,
muchos de ellos de cosecha de la autora.
Tomaré un cierto hilo conductor referido
al lenguaje, al cuerpo y al otro. Y previamente
intentaré situar zonas o guías
donde pienso que estas ideas de la autora
van armando teoría.
El psicoanálisis trabaja con palabras,
con relatos y todo lo que ellos portan de
afecto. Pero ¿se puede hablar de
que el afecto se porta, como algo que las
palabras llevan al modo de una vestidura?
Por otra parte, si siempre fue indiscutible
el valor de la palabra en psicoanálisis
¿qué de ella se privilegia
en la escucha y en la interpretación,
inevitablemente como consecuencia de cómo
se la piensa en la estructura del psiquismo?
¿Es un significado adherido a ella?
¿Se distingue un significado del
sentido producido? ¿Habrá
códigos universales para desentrañar
estos sentidos o habrá que pensar
a estos códigos, en los actos singulares
en que permiten que se produzcan efectos
de sentido como recreación singular
de símbolos?
Nosotros podemos reconocer en estas preguntas
una zona de discusión que se abrió
ya con Freud. Con el mérito de haber
inaugurado la investigación de complejidades
sin evitar contradicciones que nos relanzan
a la investigación. Reconocemos también
una zona donde se dio el aporte de Jacques
Lacan que, digámoslo así:
recrea y arma una nueva teoría.
Paradojalmente, en la investigación
del lenguaje en psicoanálisis, se
fue armando una Babel que hoy padecemos,
a la vez, que nos desafía.
Una de estas zonas-problema sobre la que
se ha escrito, abundantemente en las últimas
cuatro décadas, es la identificación
del concepto de significante con el de significante
fónico y el de lenguaje con el de
lenguaje verbal. Como consecuencia de ello
se hicieron desarrollos hacia una zona pre-verbal
tomada como pre-lingüística,
concebida tanto para una etapa del desarrollo
como para una tópica de las profundidades.
Otra de estas zonas-problema es la conceptualización
del afecto. Freud relativamente independizó
al afecto de la representación en
sus posibles destinos. Pero también
lo ligó, lo ancló en representantes
pulsionales, engarces producto de la represión
estructurante (originaria y secundaria).
Quizás por una identificación
muy rápida entre el concepto de significante
y el de representación, debido a
la amplitud y múltiple procedencia
de este último concepto, se criticó
la teoría del significante (en psicoanálisis)por
haber dejado de lado el problema del afecto
y la necesidad de mantener un campo específico
para éste.
Finalmente, destacaré una tercera
zona-problema entre una noción estructural
del psiquismo y otra psicogenética-evolutiva.
Nunca es fácil encarar el problema
de las sincronías y diacronías,
especialmente porque pensamos desde una
referencia cronológica. El desafío
es manejar una noción de estructura
sincrónica, al mismo tiempo que considerar
cómo esta se va moviendo en las vicisitudes
de la vida, en sus distintos momentos.
A estas tres zonas problema y de confusión:
lenguaje, afecto y estructura, debemos agregar
otra sobre la cual hay más acuerdo
actual, aunque se la teorice diversamente:
la importancia del otro, del deseo del otro
y de la cultura en la estructuración
del psiquismo.
En estas zonas, que son también guías,
es donde veo que se van tejiendo los aportes
que trae en este libro Myrta. En contra
de lo que muchas veces es una idea abstracta
del significante, aunque por definición
es material y en contra de la idea de que
lenguaje es sinónimo de lenguaje
verbal, veremos de diferentes formas en
estos textos , para decirlo rápidamente,
la conceptualización práctica
y teórica de un significante encarnado
y por tanto, de un cuerpo erógeno
en movimiento, en gesto, en juego, siempre
en acto con el otro, que debe ser "leído",
"escuchado" como discurso.
La palabra en tanto materialidad significante
movida y armada por la pulsión, por
lo real que hay en ella, es acto, es real-ización,
como también lo es el gesto y el
juego. Tanto el discurso verbal como el
gestual y sus armados lúdicos, son
un "hacer", un "haciéndose"
con el otro y en el otro, donde afectamos
y somos afectados. Se engarzará en
ese "haciendo-produciendo", el
cuerpo, el significante y el afecto.
Si hablar -como dice Austin- es hacer cosas
con palabras, hacer -dirá Myrta-
es una forma de hablar, una forma discursiva.
Queda allí captada una dimensión
encarnada del significante, al mismo tiempo
que la de un cuerpo dentro del mundo simbólico.
Diría: la carne se hace cuerpo erógeno,
se hace gesto, juego y palabra, cuando en
sus recovecos se arma con el otro y siempre
en acto, el significante y el deseo.
Esta idea de estructura psíquica
produciéndose nos permite pensar
la real-ización singular de pre-existentes,
que siempre están "ya ahí",
como el deseo y la cultura. Singularidad
re-creadora de símbolos.
Indudablemente esto nos introduce en una
concepción de la estructuración
psíquica. El semejante, al significar
el grito del bebé como pedido, articula
cuerpo y símbolo, dice la autora.
Pero ¿se trata allí de dos
zonas heterogéneas, un cuerpo material,
un símbolo abstracto y un afecto
que circula no se sabe cómo por esos
dos universos? El recurso a las analogías
trae sus problemas. La articulación
planteada no supone un desarraigo entre
símbolo, afecto y cuerpo sino -por
el contrario- un acto, un hacer-haciéndose,
donde palabra, gesto y juego son real-izaciones
significantes. Son lenguaje y afecto en
tanto afectaciones.
En estas real-izaciones se arma la estructura
psíquica. Como metáfora es
en la piedra esculpida (objeto, cuerpo)
-cortada, marcada por el deseo- y no en
las representaciones o ideas que de eso
se tiene, donde lo simbólico del
sujeto se va armando, como estructura psíquica.
Sin embargo la imagen tendrá su importancia.
La palabra no es menos corporal que el gesto
y esta dimensión encarnada de la
palabra, no abstracta -mucho más
acá que su significado- es esencial
para disponer de su efectividad en psicoanálisis.
Esto es válido para el juego en análisis
con niños y para todo análisis.
El gesto-cuerpo en movimiento no es menos
discursivo que la palabra, se hunde en el
lenguaje que pre-existe al sujeto, dice
la autora. Un cuerpo escrito, una escritura
libidinal en movimiento. Tenemos la posibilidad
de pensar conceptos que a veces se suponen
en un nivel meta-teórico desarticulado,
razón por la cual muchas veces se
los abandona, como el representante-representativo
y la represión originaria. La posibilidad
de pensarlos en una dimensión, a
la vez encarnada y discursiva, singular
en su producción pero en un contexto
que lo excede y antecede, generador de subjetividad
separada, de sujeto de deseo, pero solo
en renovadas puestas en escenas, con otros.
Todo análisis se inaugura con estas
expectativas que no son de observación
y traducción sino de producción.
Ahora bien, cómo pensar este acto
articulador de estructura que hasta ahora
lo traigo en su dimensión sincrónica
con el otro (la madre)? Cómo pensarlo,
a través del tiempo, a través
de la vida del niño?
Este libro se titula "En el camino
de la simbolización". Da cuenta
de un trayecto, de movimiento, de trabajo
en el tiempo. No solo se trata de una estructura
no cerrada, profundamente abierta porque
toda ella se arma alrededor de algo caído,
perdido, imposible ("lo real")
sino que además es una estructura
en movimiento, cuya consistencia se arma
en cada real-ización con el otro-los
otros. No reconocemos allí las características
de un estructuralismo duro, ese que nadie
auto proclamó pero que muchos adjudicaron.
Y esta es una de las zonas de mayor aporte
de este libro. Una idea de la estructuración
psíquica que nos va permitiendo pensar
el camino de la simbolización al
mismo tiempo que de producción de
sujeto psíquico, concebido como efecto
de real-ización de estructura.
Aparecerá en la relación del
bebé con la madre, en el "o
- a" del juego del carretel,en los
diferentes juegos en el curso de la infancia,
en las creencias infantiles, retomando este
trabajo de estructuración en la latencia.
Una latencia concebida en actividad psíquica
resignificativa, consolidando el sepultamiento,
desconstruyendo creencias, con transformaciones
pulsionales importantes a los efectos de
la sublimación y la socialización,
pues se amplía el universo de los
otros. La importancia en este período
del pasaje del anterior escenario del juego
al del pensamiento no implica, sin embargo,
un abandono de la real-ización en
acto y escena ni de las actividades lúdicas.
Por el contrario, ésta se nutre y
complejiza en los juegos reglados y con
apertura a otros grupos. En la adolescencia
la puesta en acto y escena pone en evidencia
la fuerza de la palabra como acto dirigida
a otro, al mismo tiempo, que el hablar con
el cuerpo y la necesidad de confrontación
(con el otro), la función del padre
ocupa un lugar central.
Este itinerario cronológico de re-actualizaciones
renovadas es otro aporte importante que
se obtiene a lo largo de la lectura del
libro.
El tiempo queda referido también
a la cultura y sus cambios. El otro, en
sus diferentes lugares y funciones -como
representante directo de la cultura- lo
verán intervenir con ciertas características
de la cultura actual, como la presencia-ausente
o indiferencia, así como declinaciones
de la función paterna, que podrían
provocar importantes efectos en la estructuración
del psiquismo. Esta dimensión de
la cultura y su época abre una relación
con las llamadas patologías actuales,
patologías del reflexivo y de la
desmentida. Se trata de una zona fermental.
Pero en fin, hay mucho más sobre
esto en el libro. Verán las viñetas
clínicas que articulan conceptos
de los que, seguramente, fueron su cuna.
El punto de partida para pensar, punto de
partida lógico, sitúa tanto
un momento en la vida del bebé como
un lugar en la estructura. Esta concordancia
es importante. Este lugar y punto que, es
una apertura, es "lo real". Lo
real del niño -que Myrta plantea-
corresponde a su indefensión. Redimensiona
así algo de lo que es nombrado con
la palabra "indefensión".
Dice la autora: "que ancla tanto en
el cuerpo como en el símbolo".
La indefensión inicial tiene un lado
de falta de imagen, de no poder representar.
Vemos aquí la importancia de la imagen.
El gesto del bebé, con toda su fuerza
pulsional, lo que la pulsión tiene
de real, real-iza una imagen para la madre,
"da a ver" y convoca la mirada,
donde comienza a armar sus imágenes.
La función materna tiene ahí
un decisivo valor simbólico. La madre
se ofrece y ofrece objetos, juguetes, sosteniendo
ese espacio que Myrta denomina "metáfora
viva". Espacio donde "lo real"
se re-presenta como perdiéndose,
cada vez se real-iza en un nuevo escenario,
enlazando la pérdida, el fantasma
y el significante. La madre cuando ofrece,
iconifica lo real en juego. Ayuda a armar
un necesario imaginario organizador y, con
él, la "otra escena". Por
mucho tiempo, como dice Lacan, el niño
no puede apropiarse de la relación
de pertenencia imaginaria. Funciona en el
objeto: yo es otro. Dice la autora: "se
encuentra por mucho tiempo en la factualidad
real de un emblema, icono o índice
(objeto transicional), antes de ganar un
estatuto simbólico (representación,
síntoma)".
Hacer con el otro es aquí hacer en
el otro, lugar donde se arma el sujeto,
en una transitividad y transicionalidad
necesarias. El carácter de real-ización
y de acto da cuenta de la facticidad de
los signos, lo que les da eficacia simbólica,
porque es en ese acto que se anuda real-imaginario-simbólico.
Ubico aquí un punto de partida y
una zona de reflexión del libro.
Verán como desde este ser-hacerse
en el otro se trabajará un recorrido
articulado entre formación de símbolo,
de objeto y la producción del sujeto
de deseo.
Hemos escuchado aquí rastros de conceptos
de Winnicott. El objeto transicional, la
transicionalidad, el "gerundio",
como también se trabaja la "paradoja".
Luego la autora hará una fina discusión
del concepto de Winnicott sobre el impulso
destructivo en relación con el concepto
de pulsión de muerte en Freud, para
plantear a ésta con un carácter
"desagregativo".
Se trata de una discusión con conceptos
de Winnicott, introduciéndolos en
otro plano. No se trata de una aplicación
ni de una traducción de conceptos.
Como me referí antes, la autora realiza
una lectura entre textos, haciendo producir,
trabajar a otro autor en otro contexto.
Es en este sentido que pienso corresponde
leer estas propuestas.
En torno al concepto de pulsión y,
en especial de pulsión de muerte,
es a lo que me quiero referir a los efectos
de retomar la idea de real-izándose
en-con el otro y la necesaria separación,
que irá permitiendo y siendo permitida
por la pulsión, en el niño
y en la madre. La concepción de la
pulsión como un componente agregativo
(Eros) y otro desagregativo (Thanatos) le
permite pensar un movimiento de ida y vuelta,
hacia y desde el objeto. La dirección
al objeto genera un espacio entre el cuerpo
propio y el otro. Pero es la pulsión
de muerte la que cumple allí una
función de corte. Es aquí
donde toma la idea winnicottiana de que
"el impulso destructivo es el que crea
la exterioridad". Eros genera un movimiento
de apoderamiento y alienación donde
yo es el otro, mientras Thanatos efectúa
un corte, un movimiento de desapoderamiento,
pérdida y sustitución. Esta
lectura de bordes teóricos con Winnicott,
le permite a Myrta, con la disponibilidad
de los aportes de Jacques Lacan, realizar
otra puntada sobre este momento de la estructuración,
donde el niño es y se hace con-en
el otro. Esta ritmicidad agregativa y desagregativa
de la pulsión es otro modo de entender
u otro factor en juego. La pulsión
de muerte, en tanto ligada a Eros, en tanto
ritmando este movimiento de ida y vuelta
al objeto, aparece como fundamento de la
pérdida y sustitución, del
acceso a lo simbólico. Sin dudas
y esto es importante, es preciso considerar
aquí estas características
de la pulsión también en la
madre (en el otro), en esa mezcla agregativa-desagregativa.
La autora subraya el interjuego de presencia-ausencia,
la función estructurante del NO de
la madre y de la desmentida en el niño.
Pero se observará, en este punto,
una continuidad con una ritmicidad significante,
una positividad en oposición a una
negatividad pero como negatividad fundante,
que adquieren las distintas formas de real-ización,
en los distintos momentos vitales del niño.
Finalmente invito a leer este libro como
producto nuevo. Felicito a Myrta por esta
producción, el libro, porque seguramente
la lanzará a ella y a nosotros, los
lectores, a otros pensamientos.
Presencia/Ausencia.
Una clave para la lectura del libro de Myrta
Casas
"EN EL CAMINO DE LA SIMBOLIZACIÓN"
Dr. Daniel Gil - Montevideo- Uruguay
He aquí un hermoso libro, desde
su portada con el óleo de Julita
Pereda, hasta su hondo contenido. De ahí
que el hecho de tener que presentarlo es
una tarea al mismo tiempo placentera y difícil.
A la profundidad se agrega la amplitud del
libro, ya que tiene 350 páginas.
Pero esto no es todo. El estilo de Myrta
es muy personal. A veces su lectura en voz
alta permite seguir una cadencia modulada
y armónica que se aproxima más
a la manera de articular sus pensamientos
en sus exposiciones orales y cuya riqueza
no se aprecia en igual medida con la lectura
silenciosa. Además la obra, si bien
es una recopilación de artículos
que pautan una reflexión sostenida
por más de diez años, todos
ellos han sido reelaborados profundamente.
Creo que los que hemos seguido la producción
de Myrta reconocemos sus textos pero, a
la vez, nos parecen totalmente nuevos, y
ello no sólo por esa reelaboración
mencionada, sino porque articulados en su
conjunto nos dan nuevas visiones, nos plantean
nuevos problemas y nos abren nuevas perspectivas
y soluciones.
Tampoco se debe creer que el libro es una
progresiva acumulación de conocimientos
y problemas que obliga a leerlo en forma
ordenada, uno tras otro, como están
en el índice. De ninguna manera Sin
descartar que esa es una forma posible de
lectura, más bien es el modelo Rayuela
el que se puede adoptar: se comienza por
cualquier artículo y se sigue por
otro, ya sea elegido al azar o de acuerdo
a un interés del lector o de acuerdo
a las pautas que nos da Myrta al pie de
página, donde señala las conexiones
temáticas entre los artículos.
Por lo tanto el trabajo de Myrta muestra
un recorrido no sólo en espiral,
que también lo tiene, sino, por sobre
todo, en una rica y compleja red.
Por otra parte sería un error creer
que éste es meramente un libro sobre
psicoanálisis de niños. Es
un libro sobre lo infantil, ese núcleo
duro, permanente, propio de lo humano, porque,
si como dice Lacan no hay síntesis
posible de lo pulsional, si la pulsión
siempre es parcial, si el deseo ancla sus
raíces en las primeras pérdidas
de lo que nunca existió, por lo tanto
lo infantil es siempre vigente como anhelo
de un reencuentro siempre imposible, siempre
fallido. Eso justifica, además, la
presencia de Javier y la mía en esta
presentación, ya que ninguno de los
dos nos dedicamos al análisis de
niños, y de ahí también
que este libro sea un libro para todos aquellos
que se interesan por la concepción
del ser humano que alumbra el psicoanálisis.
Por último: ¿cómo hacer
para acercar a los lectores este libro?
Creo que es imposible reseñarlo en
su totalidad. Cada uno de sus artículos
daría para un prolongado análisis,
profundización, discusión.
Se podría privilegiar alguno para
exponerlo y desde allí desplegarse
hacia el resto de la obra. Sin embargo yo
intentaré otro camino.
Es archiconocida la afirmación nietzscheana,
tan cara a los hermenéutas, de que
no hay hechos, sólo interpretaciones.
Esta afirmación descontextuada sería
tachada por los viejos manuales de materialismo
dialéctico como ejemplo del más
recalcitrante idealismo. Sin embargo ella
dice algo capital del pensamiento contemporáneo:
en el mundo humano, es decir, en el mundo
a secas, no hay hechos brutos, cualquier
hecho es tal porque es aprehendido en una
red de teorías, de comunidades interpretadoras,
de ideas, en suma, en el marco de una cultura,
y digo una cultura y no la cultura, evitando
el etnocentrismo y respetando la singularidad
de las culturas. Es desde esta posición
que intentaré decir algo del libro
de Myrta. Si es que puedo, trataré
de desplegar no las teorías psicoanalíticas
en que se nutre Myrta, cuyas referencias
son evidentes y están explicitadas
por ella misma en los distintos trabajos,
sino las ideas, los conceptos y las concepciones
que subtienden su pensamiento.
Desde mi lectura hay un centro organizador
de su reflexión, que es el núcleo
organizador del psiquismo humano: la polaridad
presencia-ausencia. ¿Qué quiero
decir con ello? Es harto conocido que el
pensamiento de Freud, en una línea
común con el pensamiento romántico,
se articuló, en muchos de sus aspectos
capitales, a partir de las polaridades:
pulsiones del yo-pulsiones sexuales, pulsión
de vida- pulsión de muerte, sujeto-objeto,
etc. Pero quiero detenerme en las polaridades
que expone en La organización genital
infantil. Allí se establece una secuencia
de lo activo- pasivo, pasando por lo fálico-castrado
para alcanzar lo masculino-femenino. Esa
sucesión no hay que leerla solamente
en sentido vertical, sino también
como cruces entre la derecha y la izquierda
en sentido diagonal, con lo que se entretejen
formas de identificaciones complejas y a
veces patológicas. Ahora bien, detrás
de ellas, sobre todo desde el núcleo
organizador básico que es lo fálico-castrado,
se encuentra una polaridad que es la de
la presencia-ausencia. Y esta polaridad,
que recorre todo el libro de Myrta, no es
sólo psicológica o psicoanalítica,
sino que es lógica y ontológica.
En primer lugar la podemos leer como una
relación de oposición entre
contrarios, propia de nuestro pensamiento
consciente, de una lógica aristotélica,
del proceso secundario. En el sentido de
una dialéctica dura esta relación
se resuelve con la exclusión de uno
de los términos: los juicios de presencia
excluyen la ausencia y vise versa. Pero
si esto es en el plano lógico, esta
relación, en el plano ontológico,
responde a la polaridad parmenidiana del
ser-no ser.
Frente esta polaridad Demócrito encuentra
una vía alternativa cambiando los
términos de presencia-ausencia, o
ser-no ser, por pleno (átomos)-vacío.
Con ello introduce la posibilidad de que
los átomos salgan de esa perenne
identidad inmóvil y que sus movimientos,
a través del vacío, les haga
cambiar de lugar y generar algo nuevo. Hegel
señalaba en los siguientes términos
este cambio sustancial: "... el punto
de vista [...] según el cual el vacío
constituye el fundamento del movimiento
contiene este pensamiento profundo de que
es en lo negativo en general que se encuentra
el fundamento del devenir, de la inquietud,
del auto-movimiento. Pero lo negativo no
se debe tomar como la nada que se encuentra
próxima a la representación:
es la negatividad verdadera, lo infinito".
Idea que también está en Heidegger
con la hermosa metáfora del alfarero:
el alfarero construye el cántaro
no desde la solidez de las paredes, sino
desde el vacío que promueve el movimiento
de la construcción. De ahí
el tetrápodo heideggeriano que reúne
a los mortales y los divinos, a la tierra
y al cielo, es decir, al mundo.
Para que opere este movimiento es necesario
que los términos de la oposición,
que responden a una diferencia fuerte y
excluyente, se transforme en una diferencia
débil. Para ello los términos
se tienen que poner en cadena, es decir,
en una combinatoria. Sobre ésto volveré
luego.
Por otra parte la presencia hace referencia
no sólo al espacio, también
al tiempo, al presente. Pero el presente,
como dice Derrida, no es puro, no es presente
idéntico a sí mismo, es diferenzia,
en el doble sentido de que difiere de sí
mismo, no cumple con la identidad, y está
en diferido temporalmente. ¿Qué
significa esto? Ya Hegel señalaba
que el futuro era el proyecto del pasado
atravesando el presente. Bergson introduce
la idea de la durée, es decir de
un tiempo que no es el cronológico
sino el vivencial y que, obviamente, no
coincide con el tiempo de la cronología.
Entonces es cierto lo de Derrida: el presente
no coincide consigo mismo, el presente ya
está lanzado hacia el futuro desde
el pasado, pero el pasado - y eso lo dice
Freud- es leído desde el futuro,
es decir desde la realización del
deseo. Y ésto tiene un nombre: nachträglichkeit,
a posteriori.
Pero volvamos a las polaridades freudianas.
En el genial análisis del olvido
de un nombre propio, Freud articula la muerte
y la sexualidad: la pérdida de la
sexualidad, vivida como castración,
es para el hombre lo pasivo, pero también
es la muerte. "Sin eso no vale la pena
vivir", dijo el compañero de
viaje de Freud. Pero no es éste el
camino que elige Myrta.
La filosofía, por lo menos hasta
Nietzsche, ha concebido al ser como presencia.
Pero el Ser, si es Uno, inmóvil,
idéntico a sí mismo, coincide
con la nada y a Myrta, en un retorno heracliteano,
lo que le preocupa es el devenir, el siendo.
Para ello parte de otra experiencia fundante
de lo humano, cual es la indefensión,
y entonces los términos excluyentes
de presencia-ausencia ya no son tales. Éste,
así lo veo, es un hallazgo fundamental
que no sólo rompe con un pensamiento
dicotómico, sino que es de una enorme
riqueza y fecundidad.
Myrta descubre que en la experiencia humana
la polaridad presencia-ausencia no es una
relación de exclusión, sino
una relación dialéctica: entre
los dos términos existe un tercero,
no explícito sino implícito,
que los vincula a ambos, cosa imposible
de pensar desde una lógica de los
contrarios. Entonces, la ausencia, el vacío,
como lo querían Hegel y Heidegger,
es lo que promueve un movimiento, el de
la negatividad, que, para que se produzca,
requiere, por un lado, de un mecanismo:
la desmentida, y por otro de un universo
simbólico, la presencia del otro
y del Otro, es decir, la presencia del semejante
en el seno de una cultura.
Tomando el ejemplo de la ficción
freudiana de la experiencia de satisfacción,
haciendo de ella una nueva lectura, Myrta
muestra que la ausencia, para el infans,
no es mero juego lógico. Es situación
vital y encarnada desde la prematuración,
que crea la vivencia de la indefensión,
del desamparo, de la cual sólo lo
puede salvar el amor, el deseo, del otro.
Myrta rescata en ello la hermosa idea de
Freud del complejo del prójimo, expuesta
en el Proyecto..., donde dice que "el
prójimo es el primer objeto-satisfacción
y el primer objeto hostil, así como
el único poder auxiliador",
y "es sobre él que el ser humano
aprende a discernir" Pero la relación
con el prójimo no es sólo
el comienzo de la actividad judicativa:
es desde la relación con el prójimo
donde se asienta la moral. Es la puesta
en juego de esta relación dialéctica
la que va real-izando al ser humano. Es
el gerundio, tan importante en el pensamiento
de Myrta, lo que con fineza, sagacidad y
rigor desarrolla a lo largo de esta obra
y que da el título a su libro. Ese
es el camino de la simbolización.
Dije antes que para que funcionara una relación
dialéctica los términos se
tenían que poner en cadena. Agrego
ahora que tienen que formar una estructura.
Ahora bien, el pensamiento de Myrta si bien
tiene una relación con el estructuralismo,
en lo profundo, tiene una diferencia radical.
Más que la estructura Myrta atiende
a la estructuración. La estructura,
en el sentido fuerte del estructuralismo,
es heredera de las ideas innatas y del a
priori kantiano. Aparece como algo subjetivo,
que funda al sujeto pero es trascendental
o trascendente a él. Myrta, más
atenta a la gestación del sujeto
en la relación con el otro, analiza
el proceso de estructuración como
inmanente a la relación intersubjetiva.
También utiliza las categorías
de sujeto y objeto y de relación
intersubjetiva, pero creo que las desborda
y se aproxima más a la idea de un
movimiento moebiano. Por último,
si bien hace referencia a la idea aristotélica
de potencia y acto, creo que más
que la puesta en estructura, como decía
Lévi-Strauss, es la gestación
de la estructura lo que dilucida. No es
que desconozca o niegue las bases biológicas
de nuestro psiquismo. Lo que creo que piensa
es que, existiendo ellas, no se trata de
una simple actualización de algo
que está en potencia, la estructura,
sino de un largo y arduo proceso que se
realiza en la conjunción del deseo
y la represión, a partir del deseo
del otro; de la misma manera que Freud decía
que la pulsión es despertada por
el otro. Pero la pulsión no es estructura,
es empuje, que hace posible la estructura.
Por ello, reitero, lo que Myrta nos propone
es la hipótesis del proceso de estructuración.
Dicho en otros términos: atiende
al símbolo y a lo simbólico,
pero por sobre todo estudia el proceso de
la simbolización. O, en vez de la
ya mencionada actualización, en una
formulación que me place más,
atiende al proceso de historización
movido por el deseo.
Para ello recurre a la lingüística,
pero no en sus aspectos formales, como los
podemos ver en De Saussure, o en Chomski.
Lo que Myrta atiende es al infans, a esa
"carne de mi carne y sangre de mi sangre",
como reza el dicho popular. Es decir, atiende
al amor - y también al odio- porque
todo amor, para bien o para mal, es narcisista,
como dice Lacan. Por eso su posición
es más próxima a Rousseau,
quien decía que el lenguaje nació
para expresar emociones. Por ello Myrta
incluye, como pieza clave, al gesto. Y de
ahí que el lenguaje se haga cuerpo,
cuerpo deseante, cuerpo real atravesado
por el símbolo. Símbolo que
viene desde el otro, la madre, y el Otro,
la cultura. La madre, y ésto ya lo
había adelantado Freud, da sentido
a la descarga motriz incordinada del niño
nacida de la necesidad biológica,
pero con ello organiza la demanda e introduce
el campo del deseo. Entonces, entre la madre
y el niño, más allá
del intercambio de mensajes, tema al que
se había dedicado la lingüística,
lo que se producen son "juegos de lenguaje",
para utilizar, ampliándolo, el concepto
de Wittgenstein
De esta manera Myrta supera la concepción
del lenguaje, propio de la lingüística
clásica, que sólo ve en él
el lado de comunicación de un mensaje
que, aun con los enriquecimientos de Jacobson,
está centrado en la función
denotativa o referencial que, en lo profundo,
es subsidiaria de la concepción de
que el enunciado debe cumplir con el requisito
de adecuar el intelecto con la cosa, es
decir, tener como ideal al lenguaje de la
ciencia. Con ello se desconocía el
lado performativo, es decir el de "hacer
cosas con palabras". En ese sentido,
el gesto es la forma más directa
y "forzada" ante la que el otro
debe responder.
El niño indefenso tiene tres alternativas
ante la ausencia, imposibilitado, como se
encuentra, de aceptarla de entrada. Estas
tres alternativas son: a) negarla, por exceso
de la función materna, con la ilusión
de la completud, de unión con la
Cosa, encarnando el falo de la madre; b)
ausencia de la función materna, sin
lo cual también es imposible la organización
del deseo. En ambas situaciones, ya sea
el exceso o la ausencia de la función
materna el resultado es el encuentro con
el horror de la Cosa. No negatividad, sino
nada. C) por último, por el mecanismo
de desmentida, que niega la ausencia a través
de una negatividad, en movimientos recurrentes
y espiralados, se va elaborando, en forma
gradual y paulatina, el duelo por un narcisismo
imposible, organizando el deseo en los desfiladeros
del significante, a partir del significante
fálico y de su sucesor, el significante
del Nombre del Padre, siempre y cuando la
madre lo trasmita. Con ello, y he aquí
un descubrimiento mayor de Myrta, esta desmentida,
denominada por ella desmentida estructural,
se constituye en defensa consustancial ante
la indefensión y es, con pleno derecho,
una pieza clave para la organización
psíquica, junto con los otros mecanismos
de defensa descritos por Freud: la transformación
en lo contrario, la vuelta sobre sí
mismo, la represión y la sublimación.
De ahí también la idea del
montaje pulsional. Esta desmentida es la
que defiende al niño en un momento
en que por su organización psíquica
no esta capacitado de otra respuesta ante
la angustia frente a la ausencia del otro,
dimensión de la muerte, y la castración,
como correlato imaginario de la ley y el
Otro. Con ello se logra que, gradualmente,
se instaure la represión y la sublimación,
porque en realidad, lo que en este período
se produce es un interjuego entre la represión
y la desmentida. Este descubrimiento está
en la línea de lo sostenido por Freud
para quien la desmentida de la castración,
en esta etapa de la vida, es un momento
imprescindible para la constitución
del primado del falo, etapa sin la cual
sería imposible que se pudiera instaurar
la castración imaginaria y simbólica.
Es entre la desmentida de la ausencia y
la represión de los deseos edípicos,
que se juega toda la vida psíquica,
concluye Myrta.
Es en el interjuego de la ausencia y la
presencia, que se elabora a través
de palabras y gestos, del objeto y el espacio
transicional, del juego, (entre ellos el
juego del "-Está. -No está",
que Myrta describe y que es una pieza de
una fineza semiológica y teórica
estupenda), de los cuentos infantiles, etc.,
que se va produciendo y haciendo el camino
de la simbolización, única
forma de aceptar la ausencia del otro y
la ley, que es como decir aceptar la castración
y la muerte.
Myrta se revela contra las concepciones
genetistas de lo preverbal, como si se tratara
de maneras prelógicas o presimbólicas
del psiquismo humano. No, no existe lo preverbal.
Dice: "No hay un antes y después
entre la imagen y la palabra, sino un interjuego
entre ellos donde la relación será
el objeto de la simbolización".
Y esto es tanto para la historia del niño
como para la de la especie. Leroi-Gourhan,
mostró en las primeros grabados rupestres
de hace 32.000 años, que junto a
representaciones figurativas del genital
femenino existían representaciones
fálicas abstractas. Por lo tanto
ni en el individuo ni en la especie hay
un principio figurativo primero y más
tarde, con la evolución, se alcanza
un nivel abstracto, simbólico. Todo
se daría entre la simbolización
de la imagen y la imaginarización
del símbolo, y esto es el trabajo
de la negatividad, de la simbolización,
actividad creadora, sublimación,
que hace que "podamos disponer de una
ausencia y no necesitemos cubrirla con un
objeto". Cada movimiento, cada vuelta
espiralada, es proceso de resignificación.
Pero resignificación no se debe entender
en el pensamiento de Myrta como mero otorgamiento
de nuevos significados, si bien eso puede
estar implícito. Resignificación
es juego de significantes, proceso de historización
del sujeto. Lo que sucede es que en el niño
la simbolización es una forma de
trabajo elaborativo entre el deseo y las
defensas, y para ello dispone de lo simbólico
que se realiza en la medida que se produce
la simbolización. Conflicto entre
el deseo y la represión, relación
entre el sujeto y el otro, Trabajo de subjetivación.
Pero, una vez más, quiero subrayar
la importancia que Myrta otorga a la ausencia
en su articulación con la presencia.
Si en Freud represión y deseos edípicos
se pertenecen, y destaco deseos en plural,
Myrta, al poner como elemento estructurador
fundamental a la ausencia, la relaciona
implícitamente con el deseo, ahora
sí en singular. Diría que
si en lo fálico-castrado están
en juego los deseos edípicos y la
angustia de castración (imaginaria);
en el plano de la presencia-ausencia esta
en juego el deseo como deseo de deseo, o
deseo de ninguna cosa y, por lo tanto lo
que se juega es la castración simbólica
porque si no reconocemos la ausencia estamos
condenados a repetir. De allí la
necesidad del duelo y ese permanente deambular
del humano entre la nostalgia y el anhelo.
No puedo seguir extendiéndome en
esta tarea de análisis, que daría
para mucho más so pena de fatigar
al auditorio sin lograr agotar la riqueza
de este libro. Sé que omito aspectos
fundamentales en todo lo que tiene que ver
con el análisis del juego, del gesto,
del objeto transicional, de la relación
Freud-Winnicott, de las relaciones con la
semiótica, en especial la perciana,
etc. Todo ésto será trabajo
para el lector que, a partir de hoy, encontrará
en este libro un referente mayor del pensamiento
psicoanalítico.
A Myrta nos queda darle las gracias por
su trabajo y sus aportes y esperar de nuevos
desarrollos que, sin duda alguna, como ha
sido hasta ahora, nos enriquecerán
a todos.
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